(Por redacción País Productivo) La sostenida suba de la carne en el mostrador y de la hacienda en los corrales tuvo su correlato en un desplome en la faena de animales y, por ende, en el consumo de los argentinos.

Con aumentos sostenidos en góndola que más que duplican la inflación mensual y triplican el acumulado, siendo aún mayores en el precio del ganado, la carne no solo se convirtió en un alimento de lujo para los argentinos, sino también para los frigoríficos, cuestión por la cual se desplomó la faena —que tuvo el peor febrero de los últimos 37 años— y, por lo tanto, la oferta del producto en el mercado interno.

Según el último informe de la Cámara de la Industria y Comercio de las Carnes (Ciccra), en los dos primeros meses del año se produjeron 457.000 toneladas de carne vacuna, es decir 9,1% menos en la comparación interanual, lo que implica una reducción de 45.500 toneladas en la oferta.

Pero esta contracción en la producción choca contra un aumento en la exportación, que creció 6,6% en volumen en el mismo período, alcanzando las 124.000 toneladas.

Entonces, tomando el volumen producido y restándole lo exportado, se obtiene el consumo aparente, esto es, la cantidad de carne que se destina al mercado interno.

Y es en este punto donde se puede apreciar el desplome del consumo, ya que, según Ciccra, “el consumo aparente de carne vacuna en nuestro país habría disminuido a un ritmo de 13,8% anual entre los períodos analizados (53.200 toneladas), totalizando 332.700 toneladas”, el número más bajo en, por lo menos, los últimos 20 años.

Si a esto lo llevamos al consumo per cápita, tomando en cuenta los últimos 12 meses, la caída es menor: 2,5% respecto al mismo período que culminó en febrero de 2025. Pero más allá de esta baja más moderada, el resultado es el mismo: es el volumen más bajo de los últimos —por lo menos— 20 años.

¿Cuáles son las razones que llevaron a que a los argentinos cada vez nos cueste más comer carne? El principal factor que lo explica es una merma muy importante en la oferta de hacienda, debido a una reducción del stock ganadero (hay menos animales en cría), como así también un proceso de retención, justamente, para aumentarlo.

Esto lleva a que haya menos cabezas disponibles en el mercado, tanto para consumo interno como para exportación. Pero como el bolsillo de los frigoríficos consumidores (como así también de los argentinos) no tiene el tamaño que tienen los de los exportadores, la puja la terminan ganando estos últimos, imprimiéndole aún más presión a los precios.

Así, con precios al alza y un poder adquisitivo totalmente deprimido, la carne se convirtió en un alimento de lujo para los argentinos, esas personas que habitan en lo que una vez se llamó orgullosamente “el país de la carne”.