(Por Agostina Monti Salías) La industria argentina vuelve a mostrar señales de una tendencia conocida: el reemplazo de producción local por productos importados, tanto en bienes finales como en insumos. Esto incluye tanto bienes finales como también insumos estratégicos que antes eran abastecidos por proveedores locales. En muchos casos, el origen predominante es China, aunque no exclusivamente.
Para quienes siguen el pulso de la industria argentina, este movimiento no sorprende. No es la primera vez que sucede. Ya durante el período 2016-2018, con una política de apertura comercial y una fuerte apreciación del tipo de cambio real, muchas empresas enfrentaron la imposibilidad de competir en condiciones de igualdad y comenzaron a adoptar estrategias similares.
Lo que vemos hoy es el resultado de un triple impacto estructural sobre la competitividad industrial:
por un lado, un tipo de cambio real aun apreciado, que encarece artificialmente los productos nacionales en relación a los bienes importados. Esto no sólo afecta a quienes exportan, sino también a quienes compiten en el mercado interno. En sectores como los bienes durables o los insumos intermedios, donde los márgenes son ajustados y la escala importa, el atraso cambiario actúa como un desincentivo directo a producir en el país.
En segundo lugar, una presión tributaria elevada y mal diseñada, que recae con más peso sobre la producción formal que sobre otras actividades. Cargas como Ingresos Brutos, tasas municipales distorsivas, y una estructura de impuestos acumulativos generan un sobrecosto que erosiona la competitividad de las empresas locales, en especial las que integran cadenas de valor o dependen de múltiples proveedores.
El tercer factor es el acceso al crédito: las altas tasas de interés reales y la volatilidad financiera tornan inviable el financiamiento del capital de trabajo o las inversiones necesarias para modernizar procesos. En un entorno donde el crédito productivo es prácticamente inexistente, muchas PyMEs industriales no pueden sostener stocks, invertir en mejoras tecnológicas ni aguantar períodos de caída en la demanda sin recurrir a estrategias de reducción de costos, como importar productos o insumos.
En este contexto, muchas firmas industriales, especialmente PyMEs, adoptan decisiones defensivas. Importan productos terminados para mantener presencia comercial o sustituyen insumos nacionales por importados más económicos. No lo hacen porque les convenga estratégicamente, sino porque las condiciones macro e institucionales no les permiten otra alternativa de supervivencia.
Esta sustitución no necesariamente expresa una preferencia por lo importado, sino que refleja los límites de un entramado productivo que no logra sostener sus costos frente a un entorno global en el que la competencia no siempre es en condiciones simétricas. Mientras otros países protegen sus sectores más valiosos, Argentina atraviesa una fase de apertura sin estrategia.
Por eso, más que un problema de “comportamiento empresario”, este fenómeno pone en evidencia una crisis de competitividad sistémica, que debilita la capacidad de la industria para sostener empleo, inversiones y valor agregado local. Sin una política macroeconómica e industrial que atienda este desequilibrio, la sustitución de producción nacional por importaciones se profundizará, con efectos duraderos en el tejido productivo.
El riesgo de este proceso no es sólo el impacto coyuntural en la balanza comercial. Es mucho más profundo: una industria que sustituye producción local por importaciones pierde empleo, capacidades tecnológicas, proveedores, inversiones y poder de adaptación.
Este patrón, además, se ve agravado por la asimetría del comercio internacional. Mientras China y otros países protegen sus sectores estratégicos —mediante subsidios, regulaciones o barreras no arancelarias—, en Argentina se avanza hacia una apertura casi irrestricta, sin amortiguadores que sostengan a las empresas locales.
Frente a este panorama, es clave dejar atrás la falsa dicotomía entre “abrirse al mundo” o “cerrarse”. La experiencia internacional muestra que los países que logran integrarse con éxito a los mercados globales son aquellos que primero fortalecen sus capacidades productivas internas. No se trata de proteger por proteger, sino de hacerlo inteligentemente: cuidando sectores estratégicos, promoviendo encadenamientos locales y generando condiciones macroeconómicas estables.
La competitividad no se decreta, se construye. Y para eso hace falta una estrategia que combine política macroeconómica consistente, crédito productivo accesible, reducción de distorsiones fiscales y una inserción internacional pragmática. Una estrategia que entienda que una industria fuerte no es un lujo ni una nostalgia, sino un activo indispensable para el desarrollo sostenido, el empleo de calidad y la soberanía económica.
Hoy, la sustitución de producción local por importaciones no es una decisión libre de mercado: es una señal de alarma. Y como toda alarma, todavía estamos a tiempo de atenderla.
